Vive la magia de un mundo diferente en Marrakech

Todas, o casi todas, nos hemos sentido en algún momento atraídas por el encanto misterioso de otras culturas, de países distintos al nuestro, aunque estén a dos horas de avión de Madrid o Barcelona. Entre esos destinos mágicos, ocupa un lugar protagonista por derecho propio Marrakech, una de las grandes ciudades de Marruecos y de toda África, por la que hoy haremos un breve recorrido.

Qué ver

El visitante primerizo se encontrará con dificultades para responder a esta pregunta. Casi todo en Marrakech es novedoso, sorprendente, llamativo. Pero si no estás muy motivado para deambular por la ciudad y descubrirla en cada calle y en cada esquina, lo mejor es establecer un recorrido básico que arranca en el auténtico centro de Marrakech: la plaza de Jemaa El Fna.

Esta enorme explanada es la esencia del caos. De día, la principal actividad la ejercen los puestos que venden zumo de naranja recién exprimido y diversos comerciantes, que venden desde hierbas hasta ¡dientes!, que el comprador puede hacerse colocar en cualquiera de los numerosos dentistas de la medina. Aquellos que han visitado Jemaa El Fna pueden dar fe.

Pero el verdadero ambiente llega con la caída del sol. Este antiguo lugar de ejecuciones, reconocido como “patrimonio oral de la Humanidad” por la Unesco, se convierte en un pandemónium de actividades. Encantadores de serpientes, músicos, acróbatas, niños boxeadores, bailarines, puestos de comida y vendedores de todo tipo se instalan en la plaza, acompañados de las miles de motos y bicicletas que cruzan Jemaa El Fna a todo trapo. (Recomendamos prestar especial atención si no se quiere sufrir un atropello mientras se saca una foto).

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Mientras llega el momento álgido, podéis visitar la medina, enorme y con varios zocos, especializados en prendas de vestir, babuchas, especias u objetos de artesanía.

Otra opción es salir de la plaza en dirección sur, atravesando la puerta de Bab Agnaou, para llegar a la kasbah, el antiguo lugar de residencia de los gobernantes de la ciudad. Aquí, además de la Mezquita de El Mansour, se pueden admirar las tumbas saadianas, donde están enterrados los antiguos sultanes, y el palacio de Badii.

Cerca también de Jemaa El Fna se halla la Mezquita Koutoubia, construida en 1158 y cuyo minarete sobresale en el skyline de Marrakech. Al contrario que las principales mezquitas de Estambul, el acceso está vedado a los turistas, pero el minarete sí se puede visitar.

Qué hacer

Marrakech, emplazado al sureste de Marruecos, es un lugar ideal de partida para diversas excursiones. Si no disponéis de mucho tiempo, podéis ir a las cascadas de Ouzoud, las mayores del norte de África. O al embalse de Barrage Lalla Takerkost, que ofrece un aspecto impresionante con los picos de la cordillera del Atlas de fondo.

Si queréis sentir la cercanía del desierto del Sáhara, tenéis dos opciones: Ouarzazate o Zagora. Ambas están al sureste de Marrakech y suponen un viaje tortuoso por la carretera N9 a través de las montañas del Alto Atlas, pero merece la pena. Los principales atractivos de Ouarzazate son su kasbah y los estudios de cine, donde se rodaron El cielo protector y Gladiator. En Zagora, unos 100 kilómetros al sur de Ouarzazate cruzando el Valle del Draa, se pueden contratar excursiones por el desierto, y hacerse una foto junto a un cartel que reza: “A Tombuctú, 52 días”.

Si preferís el descanso, alojarse en un riad es una experiencia en sí misma. Los riads son casas con jardín reconvertidas en alojamientos. La mayoría son lugares pequeños, con menos de una docena de estancias y un excelente servicio.

Por último, sería una lástima irse de Marrakech sin haber montado en camello. Hay muchos en el Palmeral, donde se puede negociar directamente con los camelleros. A modo orientativo, un paseo puede salir por unos 100 dirhams.

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Qué comer

La cocina marroquí tiene dos platos estrella. Uno es el cus-cus, una especie de cocido hecho con garbanzos, carne de cordero, verduras y la sémola de trigo que da nombre al plato. El otro es el tayín, un guiso de carne con verduras preparado en una cazuela de barro con una tapa cónica.

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Son platos contundentes, suficientes para una comida completa. Para cenar por poco dinero, lo mejor es pasarse por Jemaa El Fna y acudir a uno de los numerosos puestos de comida que lanzan sus humaredas a la plaza. Allí podemos elegir entre un cuenco de harira (sopa de legumbres), una brocheta de cordero (kebab), un plato de caracoles guisados o las llamadas kefta (albóndigas de carne). Todo ello acompañado de un delicioso zumo de naranja recién exprimido.

Los dulces marroquíes también son deliciosos. Hay beghrir (tortitas de hojaldre con miel), pastas con frutos secos o yaban (dulces de huevo). Se suelen tomar acompañando el café. Y, por supuesto, no dejéis de probar la bebida nacional: el té con menta.

Por dónde salir

Como en el resto de países musulmanes, el alcohol no está bien visto en Marruecos. Los únicos lugares donde se puede tomar copas en Marrakech son los bares de los hoteles y los clubes, como el Paradise, el Bodega o el Yellow Sub. Este último se escapa, con su rock clásico, de los omnipresentes disco y R&B.

En todos ellos hay que tener en cuenta que el agua no siempre es potable, por lo que es mejor tener cuidado con el hielo de las copas. Otra opción es beber cerveza, importada a ser posible, puesto que las nacionales Flag y Casablanca no son nada del otro mundo.

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